Idealizar duele más que soltar
- Ram Barreda
- hace 14 horas
- 5 Min. de lectura
Hoy quiero escribir sobre lo difícil que es aceptar que alguien ya no está. No por accidente, no porque el universo conspiró… sino porque decidió no estar más. Porque se fue. Porque eligió no quedarse.
Y ahí es cuando viene el golpe más duro: aceptar que quizá lo hizo porque tú no supiste quedarte primero. Porque en el fondo, aunque digas que hiciste todo lo que pudiste, sabes que no es cierto.
Recuerdo que un día, cuando ya creía tener todo más o menos en orden, llegó uno de esos momentos que te sacuden sin previo aviso. Estaba tranquilo, enfocado, viviendo mi rutina, cuando una conversación casual trajo una noticia que no esperaba. De esas que parecen insignificantes… hasta que te atraviesan.
Me enteré, sin buscarlo, de que ella ya estaba en otro capítulo. Uno donde yo ya no formaba parte.
Y no fue que me rompiera por celos, ni por ego.Lo que dolió fue darme cuenta de que, mientras yo aún guardaba una pequeña esperanza, ella ya había decidido seguir adelante.Mientras yo sostenía un “tal vez”, ella ya vivía un “hasta aquí”.
Y ahí entendí que mientras yo seguía imaginando futuros, ella ya había cerrado el libro.
Y sí, duele. Pero también entendí que si me quedo demasiado tiempo en el papel de víctima, me pierdo la oportunidad de aprender. De crecer. Porque no se trata solo de lo que ella hizo o dejó de hacer. Se trata también de lo que yo provoqué, permití o descuidé.
Hacerse responsable duele más que culpar. Pero también es el primer paso para sanar. Y para no repetir.
Y dentro de esa responsabilidad, hay algo que muchos evitamos: dejar de esperar que el otro sea quien cierre la historia. Queremos ese mensaje, esa charla pendiente, ese “ya no te amo” dicho en voz alta para poder soltar con permiso. Pero no funciona así.
El punto final no se lo podemos delegar a nadie. Es nuestro. Es una decisión interna.
Cerrar es un acto de amor propio, no un regalo que alguien te da.
Y lo que más duele no es solo que ya no esté, sino cómo la sigo idealizando. Cómo, a pesar del tiempo, mi mente insiste en dibujarla perfecta. Como si no hubiera errores, como si todo lo malo fuera solo culpa mía. Como si el amor fuera perfecto si tan solo yo hubiera sido distinto.
Idealizamos porque es más fácil soñar con lo que pudo ser que aceptar lo que fue. Porque duele menos construir una versión bonita de lo que pasó, que enfrentar la cruda verdad: que no lo cuidé, que no supe valorar lo que tenía, que no estuve presente cuando más me necesitaban. Y que por eso, simplemente, se acabó.
Muchas veces no aceptamos la realidad… la justificamos. Nos inventamos una historia donde todo tiene sentido, donde hay una buena razón para lo que dolió. Y aunque eso calma por ratos, también te aleja de la verdad. Te atrapa en una versión irreal, donde sigues esperando algo que ya no existe.
Idealizamos porque duele menos que recordar los momentos feos. Porque es más fácil quedarte con la versión romántica que con la que te confronta. Porque revivir los errores, las discusiones, la distancia o el desinterés… pesa. Y uno prefiere edulcorar el recuerdo antes que asumir que no todo fue bonito, y que muchas veces el amor no alcanzó.
Idealizar a alguien es más que recordar lo bueno. Es atribuirle cualidades que no le corresponden. Es ponerla en un pedestal, convertirla en tu refugio emocional, darle la responsabilidad de llenar vacíos que ni tú sabes nombrar.Idealizar es olvidar que esa persona es eso: una persona. Con defectos, con heridas, con límites, con sombras. No es perfecta, no es un ángel, no es un personaje diseñado para salvarte.
Y la neta... no nos gusta aceptar la realidad. Porque la realidad no siempre es bonita. A veces te grita cosas que no quieres oír: que ya se acabó, que no era mutuo, que no iba a funcionar.Y duele. Por eso idealizamos. Porque es más fácil vivir en una historia imaginaria donde todo tiene sentido, que mirar de frente lo que nos rompe.
Y lo más cañón es que muchas veces ni siquiera idealizamos a alguien con quien ya tuvimos algo.
Idealizamos a alguien que apenas vamos conociendo. Le damos un lugar en nuestra mente y en nuestras emociones que todavía no se ha ganado. Empezamos a imaginar cómo sería una relación sin saber si esa persona realmente quiere lo mismo, o si siquiera está emocionalmente disponible. Esperamos profundidad emocional de alguien con quien apenas hemos compartido unos cuantos ratos bonitos.
Y ahí es donde empieza la ansiedad.
Porque idealizar también nos vuelve impacientes. Queremos todo rápido. Queremos certezas, conexión, promesas… sin darnos el tiempo de ver quién es la persona en realidad. Queremos vínculos fuertes sin haber construido raíces. Pero así no funciona.
Las relaciones que valen se cultivan. Se construyen con tiempo, con presencia, con verdad.
Y si no respetas el proceso, terminas frustrado por expectativas que tú solito inventaste.
Hoy entiendo que el amor de tu vida puede ser solo una parte de ella. Que puede marcarte sin quedarse. Que puede enseñarte sin acompañarte hasta el final. Y que está bien.
Y también entiendo que las personas somos cíclicas. Que cambiamos, que evolucionamos, que tenemos ritmos diferentes. Y que mientras más forzamos a alguien a quedarse en un lugar donde ya no quiere o no puede estar, más atrasamos su camino... y sobre todo, el nuestro.
Cada quien tiene su propio tiempo. Y a veces, soltar no solo es necesario, es un acto de respeto: por ti, por el otro, y por el proceso de ambos.
Pero ojo... también he aprendido que nada está 100% escrito. Que hay caminos que se separan solo para tomar forma. Que lo que hoy parece un cierre, en cinco, diez o veinte años, puede encontrar una nueva versión.
Y si eso pasa, será desde un lugar sano. Sin necesidad. Sin ego. Solo dos personas completas que volvieron a encontrarse. Y si no pasa... está bien también. Porque la vida no siempre responde como uno quiere, pero siempre responde como uno necesita.
Y hoy, más que nunca, entiendo que si no me amo yo, voy a seguir entregándole a otros el poder de definirme. Que si no aprendo a valorarme, voy a seguir persiguiendo fantasías en lugar de construir realidades. Que si no me sano, voy a seguir confundiendo amor con apego, y cariño con necesidad.
Amar a alguien está bien. Pero amarte a ti es urgente.
Porque si no te pones primero a ti, la gente siempre te va a poner al final.
Y aunque esta etapa duela, también creo —de verdad— que todo esto tiene sentido en un plan más grande que el mío.Confío en que Dios no me está castigando, me está moldeando.Que no me está quitando amor, me está enseñando a amarme.
Hoy elijo creer que vienen cosas mejores. Porque siempre vienen. Porque cuando sueltas desde la conciencia, abres espacio para que lo bueno llegue. Porque cuando caminas con fe, hasta lo que duele se convierte en dirección.
Y sí, me duele haber perdido. Pero no me perdí a mí. Y eso ya es ganancia.
Porque yo sé quién soy. Y aunque a veces lo olvide, soy alguien que vale la pena. Alguien que está aprendiendo. Que tiene un corazón noble, una mente despierta y un alma en proceso. Alguien que está dispuesto a ser mejor. Alguien que, cuando ame de nuevo, lo va a hacer desde la conciencia, no desde la carencia.
Y eso, créeme, es una bendición.
¿Qué historia estás esperando que alguien más cierre por ti?
Soltar también es amor propio. Y tal vez, también sea el primer acto de fe hacia lo que viene.
Comments